El triunfo del silencio.

Un perro ladra, después se calla. 
En ese momento me doy cuenta 
de cuánto mide el silencio
y de cuál es su peso. 
Puedo sentir
cómo se desliza desde mis hombros 
hasta el medio de mi espalda. 
Puedo sentir
cómo se endurece de a poco
y se convierte en contractura. 
El silencio de la inmensidad de la noche
se desliza por mi cuerpo,
se aloja en mi garganta y oprime mis cuerdas vocales
(aunque quisiera, 
no podría emitir ningún sonido). 
Baja por mi laringe, 
se precipita en el estómago como un vacío, 
una ola de aire que 
sube 
baja 
rápido, 
como por un tobogán,
y se estrella en mi útero. 
Lo hace su casa, 
se teje en sus paredes 
de cosas rojas 
y vivas. 
Se aferra a su oscuridad húmeda,
a esa posibilidad de vida 
que no sucede. 
Podría hacer el camino inverso, 
trepar hasta mi garganta 
y exigir a gritos su libertad. 
En el medio de la noche absoluta, 
el ladrido de un perro 
canta el triunfo 
del silencio.



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